A petición de algunas personas asiduas a nuestra página de Psicología 24h voy a dedicar un ratito para contarles lo que leí sobre desesperanza aprendida.
Es un fragmento del libro de Luis Rojas Marcos “La fuerza del optimismo”.
Habla de la relación entre el sentido de controlar la suerte en circunstancias y la esperanza. Los experimentos son de Richard Morris, profesor de Neurociencia de la universidad de Edimburgo. Este hombre se dedicó a hacer experimentos con conejillos de Indias, estudiando su memoria. Introdujo a la mitad en un estanque de agua enturbiada con un poco de leche, para que no vieran unos cuantos motículos que había colocado en el fondo. Estos eran los cobayas “con suerte”, porque mientras braceaban para flotar se podían apoyar y descansar temporalmente en los promontorios ocultos antes de proseguir su marcha en busca de una salida. A la otra docena de cobayas las metió en un estanque de aspecto similar pero sin promontorios. Estos conejillos “desafortunados” no tenían más remedio que nadar sin descanso para no ahogarse. Después de un buen rato los sacó a todos del agua para que se recuperaran.
A continuación tuvo lugar la prueba definitiva: el investigador echó a los veinticuatro cobayas a un estanque de agua, también enturbiada con leche, sin isletas donde descansar. Mientras los cobayas “con suerte” los que habían tenido montículos para apoyarse, nadaban a un ritmo tranquilo, el grupo de cobayas “desafortunados” chapoteaba desesperadamente sin rumbo. Justo en el momento en que las puntiagudas narices de los agotados conejillos de Indias desaparecían bajo el agua, Morris los rescató de uno en uno y , después de apuntar el tiempo que habían nadado, los devolvió a sus jaulas extenuados y probablemente sorprendidos de estar vivos.
Cuando Morris calculó los minutos que los cobayas se habían mantenido a flote, descubrió que los del grupo “con suerte” habían nadado más del doble de tiempo que los desafortunados. Su conclusión fue que los del grupo con suerte habían nadado más tranquilos y durante más tiempo porque recordaban las invisibles isletas salvadoras de la primera prueba, lo que los motivaba a buscarlas con la esperanza de encontrarlas. Por el contrario, los cobayas que durante la primera prueba no habían encontrado apoyo alguno, tenía menos motivación para nadar y hasta para sobrevivir.
Luego habla también del experimento de Martin Seligman, el de “la auténtica felicidad”, es el de los perritos en las cajas electrificadas, pero ese lo cuento otro día.
Al margen de lo crueles que puden llegar a ser los investigadores, (que habría que pedir opinión a los pobres cobayas) a mí la historia me ha llegado mucho. Como si fuese un cuentecillo de autoayuda en vez de un experimento.
¿No se han sentido muchas veces como los cobayas “desafortunados”? Yo estoy pensando a ver donde está en mi vida el “Señor experimentador Morris” para tener con él unas palabritas.
Gemma Garallo Carrera se licenció en Psicología en 1998.
Ha trabajado desde entonces en orientación familiar y psicología clínica.
La idea de Psicología 24 horas surge para que desde cualquier rincón de España se pueda acceder de manera cómoda y fácil a un apoyo psicológico o a tratamiento psicoterapeutico.
POR EL MOMENTO HAY QUE AGRADECERLES A LAS LINDAS COBAYAS POR SER VOLUNTARIAS OBLIGADAS EN BIEN DE LA HUMANIDAD.