La relación con la familia, la propia y la política, no siempre es fácil. Es como los engranajes de un gran reloj, si todo encaja, girará a la perfección y sin problemas, pero si alguna pieza falla habrá que hacer reajustes. A veces las reuniones familiares se ven como un campo de batalla donde dos grandes ejércitos, las familias de origen de los cónyuges, luchan por imponer su criterio.
Los conflictos familiares ponen a prueba la relación de la pareja. Si de verdad queremos superarlo tenemos que olvidar el quién tiene la razón, habrá que aprender a ceder y a alcanzar acuerdos.
Si nos agobian diciéndonos siempre lo que debemos hacer, lo mejor es actuar de forma relajada, aprovechar el momento para agradecer la preocupación y tranquilizarles diciendo que les pediremos consejo y ayuda en caso de necesitarlo. Hay que decir las cosas de manera tranquila y sosegada, sin sarcasmos ni ironía. Muchas veces hace más daño el tono que las palabras que pronunciamos.
Si son de los que exigen pasar más tiempo con nosotros, será importante hablar con ellos, establecer límites. Explicarles que necesitamos organizar nuestro tiempo y que no siempre podrán decidir ellos cuándo y cómo.
Si nos percatamos de que se está cayendo en una relación de lucha de poder, hay que evitar poner a la pareja en contra de su familia. Es más eficaz aceptar que son un poco posesivos, ya que los padres se sienten en la obligación de seguir cuidando al hijo. Normalmente son parejas que no tienen buena relación entre ellos e intentan suplirlo con el cariño de los hijos.
La pareja ha de afrontar los problemas con las familias de origen de forma conjunta y solidaria, buscando soluciones, evitando comparaciones con nuestra propia familia. Tampoco es bueno estar siempre dándole vueltas al tema.
En ocasiones de malestar o tensiones será necesario negociar y alcanzar acuerdos. Establecer normas explícitas con las que ambos miembros se sientan conformes. Para que dichos acuerdos sean sólidos, válidos y armoniosos para la pareja, es necesario negociar qué tipo de relaciones se quieren establecer con ambas familias, la propia y la política. Recuerda que una decisión será tan legítima como otra (tener poco o mucho contacto), siempre y cuando sea compatible con el amor y el respeto a la pareja y se asuma de forma consensuada por ambos.
Un error en el que se puede caer con facilidad es sobrevalorar a la propia familia e infravalorar a la de la pareja. Valorar humanamente a los padres, reconocer sus aspectos positivos y sus limitaciones permitirá tomarlos como modelos en aquellos factores satisfactorios y desechar los que no se deseen. Es importante ser flexibles y justos, todas las familias tienen aspectos positivos y negativos.
No podemos considerar que lo que nosotros, pensamos o hacemos es lo normal. No sirve de nada comparar a tu familia con la de tu pareja; ninguna es mejor que la otra. Intenta comprender y respetar las costumbres, educación y estilo de vida de tu familia política porque así estarás respetando las raíces de tu pareja. Además, esto te ayudará a comprenderlo y a que la convivencia mejore.
Hay que aprender a decir NO sin enfados ni culpa, poner nuestros propios límites. Conviene que cada miembro hable con su familia de origen y aclare que la pareja valora su opinión pero que hay temas en los que no deben ni desean que se involucren, que la pareja se concede prioridad recíproca y que es independiente. Es imposible ser neutral entre nuestra pareja y nuestra familia, sólo conseguiremos sentirnos en un pequeño bote en medio de una tempestad en el océano. No conviene ceder siempre a sus presiones porque, si lo haces, aprenderán que pueden actuar de esta manera con vosotros.
Si alguna actitud de tu familia política te molesta o incomoda, habla con tu pareja antes de crear un conflicto. Procura que sea el otro quien trate de comunicar a su familia la necesidad de que cambien determinadas actitudes o comportamientos con respecto a ti. De este modo no generarás tensiones innecesarias. Si existe demasiada tensión, hay que evitar un conflicto. Será preferible mantener cierta distancia a estar siempre quejándonos de como nos tratan. Sólo conseguiremos hacer sentir a nuestra pareja entre la espada y la pared.
Se trata de buscar un término medio entre los reproches y el resentimiento constante y la obligación de simpatizar con alguien que no nos cae bien. No hay que ignorar nuestros sentimientos sino evitar ir acumulando rabia y rencores.
Intenta tratarlos como te gustaría que tu pareja tratase a tu familia. Si no es posible una relación armoniosa, al menos intenta conceder al otro la libertad para que organice la relación que desea tener con su familia. Una buena solución es acordar las visitas que se quieren hacer en pareja y que luego él o ella vaya cuando quiera. No es necesario acompañar a nuestra pareja en todas las visitas, es mejor darle libertad. Evita imponer tus normas y someterle a mayor presión. Recuerda que la relación que tiene tu pareja con su familia no tiene que ser como la que tienes tú con la tuya.
Aún suponiendo que estamos dispuestos a esforzarnos siempre nos podemos encontrar en situaciones comprometidas que no podemos evitar. Por ejemplo si hay algún miembro de la familia que te hace sentir especialmente mal. Muéstrate seguro, si es una persona manipuladora o agresiva se centrará en tu baja autoestima e inseguridad para enfrentarse a ti, por lo tanto, fomenta la autovaloración personal. No dejes que nadie te haga sentir menos.
Como dice Terrence Real “Mantener una buena relación con los demás exige mantener una buena relación contigo mismo”
Piensa que tu pareja es un aliado no tu enemigo.
Gemma Garallo Carrera se licenció en Psicología en 1998.
Ha trabajado desde entonces en orientación familiar y psicología clínica.
La idea de Psicología 24 horas surge para que desde cualquier rincón de España se pueda acceder de manera cómoda y fácil a un apoyo psicológico o a tratamiento psicoterapeutico.
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