La “National Center of Child Abuse and Neglect (NCCAN)” define el abuso sexual como los contactos e interacciones entre un niño o niña y un adulto, cuando el adulto (agresor) lo usa para estimularse sexualmente él mismo, al niño o niña o a otra persona. El abuso sexual también puede ser cometido por una persona menor de 18 años, cuando ésta es significativamente mayor que el niño o la niña (la víctima) o cuando el agresor está en una posición de poder o control sobre otro menor.
No es necesario que el niño o niña viva la situación como abusiva o traumática para que se esté produciendo igualmente un abuso. (Es posible que el menor lo acepte a cambio de regalos o porque le produce placer).
En la mayoría de las ocasiones el niño o a la niña no saben qué es lo que ocurre, no pueden ponerle nombre, no saben definirlo, ni si eso es normal y les ocurre a todos los niños. Esta confusión le creará muchos conflictos emocionales que deberán solucionarse con tratamiento psicológico adecuado lo antes posible.
Las personas que están cerca del niño o niña ya sean sus madres o padres el profesorado o hermanos y hermanas mayores pueden hacer un gran labor de protección y prevención. Hay que intentar explicar a los niños y niñas pequeños que los genitales no deben ser tocados por otras personas (a no ser para ducharlos o ayudarle en el aseo después de ir al baño). Que ninguna persona debe enseñarle los suyos a solas y sin que lo sepan su padre y su madre. Que la conducta sexual es algo que ocurre entre adultos que se quieren pero nunca con los niños o niñas pequeños.
Algunos indicadores pueden hacernos sospechar que el menor está sufriendo maltrato: pérdida de apetito; llantos frecuentes sobre todo relacionados con situaciones afectivas o eróticas; miedo a estar solo, con hombres o con un determinado miembro de la familia; rechazo al padre o a la madre de forma repentina; cambios bruscos de conducta; resistencia a desnudarse o a bañarse; aislamiento y rechazo de las situaciones sociales; problemas escolares o rechazo a la escuela; fantasías o conductas regresivas (volver a chuparse el dedo o a orinarse en la cama, etc.); tendencia al secretismo; agresividad, fugas o acciones delictivas; y autolesiones o intentos de suicidio.
Otros indicadores están relacionados con la esfera sexual y pueden ser (Echeburúa, 2000): rechazo de las caricias, de los besos y del contacto físico; conducta seductora; conductas precoces o conocimientos sexuales inadecuados para su edad; interés exagerado por los comportamientos sexuales de los adultos; y agresión sexual de un menor hacia otros menores.
Si bien es cierto que estos indicadores pueden encontrarse en los casos de abuso sexual, la existencia de alguno de ellos de forma aislada no tiene que indicar necesariamente la presencia del abuso. Es importante señalar que estos indicadores deben valorarse de una forma global, es decir, serán más significativos en la medida en que aparezcan un conjunto amplio de estos indicadores. Los indicadores sexuales son los que están más relacionados con la existencia de un abuso sexual, pero quizás lo más significativo puede ser cuando un menor presenta un cambio brusco con respecto a una situación o a alguna persona en particular (no querer ir al colegio, no querer que se le bañe, no querer estar con una persona que antes aceptaba, etc.).
Además de estos indicadores pueden existir otros de tipo físico que quizás puedan ser más evidentes (dolor en zona genital, dificultad para sentarse, ropa interior manchada de sangre, etc.).
En la sociedad actual existen algunos mitos que es necesario destruir:
El abuso sexual a niños y niñas es algo que ocurre en clases sociales desfavorecidas. Se da en todas las clases sociales sin que existan diferencias significativas entre ellas.
El agresor es una persona desconocida y exterior a la familia. A veces es así y es más fácil entonces que el menor hable y sea creído por sus familiares. Pero la realidad es que en la mayoría de los casos el agresor es una persona muy cercana al menor, padre, padrastro, tío, hermano mayor, personas de su círculo familiar. Esto hace que el menor no pueda defenderse porque ese adulto forma parte de su círculo protector, por lo tanto mezclará afecto, con rechazo, con sentimiento de culpa y con miedo al castigo.
El agresor es un enfermo mental, un alcohólicos o un adicto. No tiene porqué ser ninguna de las tres cosas.
Una madre nunca permitiría que eso ocurra a sus hijas e hijos pequeños. En muchas ocasiones las madres creen que es una invención de sus hijas con lo cual no les pueden prestar el apoyo necesario ni pueden protegerlos.
Cuando se tiene la sospecha de que ha habido maltrato sexual hay que llevar al menor al pediatra y a un especialista en psicología infantil, tanto para desmostrarlo como para poner al menor en tratamiento. Hay que intentar separar el menor de su agresor, acudiendo a la justicia y denunciando si es necesario.
Gemma Garallo Carrera se licenció en Psicología en 1998.
Ha trabajado desde entonces en orientación familiar y psicología clínica.
La idea de Psicología 24 horas surge para que desde cualquier rincón de España se pueda acceder de manera cómoda y fácil a un apoyo psicológico o a tratamiento psicoterapeutico.